Cuando se va un grande

En Cocktail, el film clásico ganador del Oscar, el personaje de Coughlin le dice a un joven Flanagan, “Todo termina mal, de otra manera no terminaría”. Es la mejor cita de todos los tiempos. Vamos, hasta sería la mejor línea de una película que jamás he escuchado. Coughlin quizá fue el Thoreau de los cantineros, o Thoreau el Coughlin de la escritura. Es una, o la otra.

Llegamos a ese mal final con David Ortiz hace cinco semanas. ¿Recuerdas en Superman II cuando Clark Kent renuncia a sus súper poderes para poder estar con Lois Lane — lección No. 184 sobre cómo las mujeres arruinan todo — y después un matón le da una tremenda golpiza al repentinamente héroe mortal en una cafetería? Ese ha sido Big Papi desde el día inaugural de la temporada. Lo que hace que esto sea aún más extraño es que él todavía se parece mucho a Big Papi. La misma contextura física, la misma barba, la misma sonrisa, la misma actitud. No es como el Ultimate Warrior que regresa después del primer escándalo de esteroides de la, en ese entonces, Federación Mundial de Lucha con un físico realmente mucho más pequeño.

Ortiz está igual, sólo que parece que Mario Mendoza ha cambiado su cerebro con él.

Al principio, los fanáticos de los Medias Rojas pensamos que sólo era una mala racha a comienzos de la temporada. Pasaron tres semanas y nos comenzamos a preocupar. El hombre no podía sacar la bola del cuadro interior. No podía batear, era tan lento que tenía que hacer trampa al batear las rectas e incluso así, no podía mejorar. Un swing cada noche lo hacía parecer el bateador más borracho de un partido de softball de la liga de la cerveza. Mira que he sido testigo de malas rachas, pero esto era diferente. Esto era el colapso de una carrera.

Los rumores de esteroides empezaron a escucharse por todos lados. A fines de abril, cualquier conversación que tenía con un fanático de los Medias Rojas parecía incluir a una broma al estilo: “Tenemos que enviarle a Papi un poco de la hormona del crecimiento humano”. Era una relación fácil por un par de razones: Primero, sus números de bateo de poder saltaron como las encuestas de Obama desde 2003 hasta 2007. Segundo, es dominicano, y más de uno de sus compatriotas — Sammy Sosa, Miguel Tejada, Guillermo Mota — han estado en el centro de la discusión con respecto al consumo de sustancias que aumentan la capacidad física. Tercero, en Dominicana venden esteroides como si fuese una bebida espumante. Y cuarto, el béisbol ha llegado a un punto depresivo en el que los bateadores con potencia son considerados culpables hasta que se demuestre lo contrario.

Cuando Manny Ramírez fue suspendido por tratar de remontar ovarios que no tenía, muchos fanáticos de los Medias Rojas (me incluyo) pensaron que tenían la respuesta para la merma del poderío de Papi. Nos preparamos ante la posibilidad de que Ortiz fuese vinculado con los esteroides y de que saliera en la primera plana del periódico algo como: “Ex miembro del personal de los vestuarios de los Medias Rojas … “. Pero había algo que me molestaba: No bateaba elevados que se quedaban cortos de las verjas como los otros ex consumidores de esteroides. Simplemente se le veía viejo. Me recordó a la manera en la que cayó el desempeño de Jim Rice a fines de los ochenta, cuando perdió velocidad con su bateo de la noche a la mañana tan rápido como se le pierde a uno el celular. Eso también fue algo muy doloroso.
A mediados de mayo, mi teoría era otra: Quizá Papi era más viejo que lo que decía. En su libro Feeding the Monster, Seth Mnookin cuenta la historia de cómo Boston estuvo a punto de arruinar la posibilidad de incorporar a Ortiz porque le preocupaba que tuviese mucho más años que los que en realidad se decían. El gerente general, Theo Epstein, le pidió a Bill James que estudiase los números de Papi y cuando James decidió que la edad de Ortiz era la que se decía, se arriesgaron con él. El resto es historia.

¿Bueno, qué pasa si James se equivocó? ¿Cuántos jugadores latinos han quedado en evidencia por mentir con respecto a su edad en los últimos años? Sin ir más lejos, se descubrió que uno de los mejores amigos de Papi — Tejada — restó dos años a su certificado de nacimiento cuando tenía 17, quiero decir, 19 … ¿Entiendes lo que intento decir? Al ver cómo está Papi en este momento, diría que tiene unos 36 ó 37 años (no 33) antes de pensar que está así por haber consumido sustancias que aumentan la capacidad física. En un juego reciente en Minnesota, no le pudo pegar a una recta de 89 millas por hora. Repito: ¡De 89 mph!

Eso es lo que les ocurre a los jonroneros fornidos cuando pasan los años: Se quedan sin fuerzas en las rodillas, se endurecen, baja la velocidad de sus batazos, y todo ocurre en un abrir y cerrar de ojos. Los jonroneros fornidos son como las estrellas porno, como los luchadores, como los centros de la NBA y como las esposas que luces como trofeo: Cuando todo se termina, te das cuenta enseguida.

Entonces, esa es mi teoría. Creo que tiene más años. Puede que tú creas otra cosa. Sin importar cuál sea el caso, lo que está claro es que David Ortiz ya no sobresale. Ese ha sido el caso durante los pasados dos meses. Esta cuestión ha arruinado la temporada hasta el momento para mí. La mejor manera en la que puedo describir Fenway en cualquiera de los turnos al bate de Papi es así: Está colmado con 35.000 padres del peor niño de la Liga de Menores que temen cada vez que le lanzan la bola a su hijo. Hay una constante sensación de temor y tristeza. Nadie sabe qué hacer.

Esta es una experiencia que jamás he vivido en el deporte. Los fanáticos de los Medias Rojas se niegan a darle la espalda a Ortiz. Simplemente, no pueden hacerlo. Es algo que le deben por lo que hizo en 2004 y 2007. Es como rechazar a Santa Claus o que no te guste el “happy hour”. Cada aparición de Ortiz es ovacionada, cada vez que Ortiz falla, sólo hay silencio. Los fanáticos están sufriendo como lo está él. Solamente cuando dejó a 12 hombres en base ante Anaheim el 14 de mayo, recibí e-mails en los que expresaban enojo. Pero incluso en esa ocasión se centraron más en la negativa de Terry Francona de bajar a Ortiz en el orden. No recuerdo que otro atleta de Boston haya tenido una mala racha más larga sin que lo bajasen.

Lo anterior se debe a lo que él significa para sus fanáticos y a lo hermoso que era verlo jugar. Puede que su carrera haya llegado a su fin (por si no se han dado cuenta, he dejado la puerta abierta; soy así de ingenuo), pero Ortiz ha podido lograr lo máximo que un jugador puede aspirar: devoción incondicional. Los fanáticos de los Medias Rojas lo aman de la misma manera que a un miembro de la familia que esta enfermo. Al final, en su punto más sombrío, ha podido sacar lo mejor de su base de fanáticos. Ha inspirado dignidad y emoción y lealtad. Sus seguidores pudieron abuchear hasta que Francona se hubiese visto obligado a sacarlo de juego, pero no lo hicieron. ¿Con qué frecuencia ocurre algo así?
Vivimos en un mundo en el que el entretenimiento se mastica y se escupe. Exprimimos a las figuras públicas, y cuando no nos sirven más las desechamos. Muchos de nosotros no tenemos reparos para decir que alguien o algo que alguna vez quisimos ya es inútil. La desaparición de Big Papi resultó darse al mejor estilo de la vieja escuela: Con verdadera devoción y, al final, sus seguidores se niegan a dejarlo ir.

Yo soy uno de ellos. Sigo viendo cada turno al bate de Ortiz con esperanzas de que en esa oportunidad las cosas cambien.

Cuando marcó su primer cuadrangular de la temporada, aplaudí y al igual que los demás grite: “¡Sí! ¡Está de vuelta!”. El Fenway entero gritó como si hubiese sido el juego siete. Este fue el momento más extraño que he vivido en el deporte: Los fanáticos enloquecieron por algo que hace un tiempo era un acto de rutina. Resulta ser que fue el único jonrón de Papi en las primeras ocho semanas. A fines de mayo, Francona lo puso en el sexto lugar. Salvo que ocurra una recuperación milagrosa, irá a la banca o será cortado dentro de poco. Será muy doloroso, y sé que me sentiré verdaderamente triste. Ya me siento así. Coughlin tenía mucha razón.

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