Tenemos más miedo a perder la casa que a los talibanes

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“Tenemos más miedo a perder la casa que a los talibanes. No sabemos nada de lo que está pasando en Mingora y cada día retrasan un poco más nuestra vuelta”.
La comunidad cristiana de la capital del valle de Swat lleva un mes viviendo en la pequeña iglesia de Mardan, localidad próxima a Peshawar que tras el inicio de la ofensiva del Ejército paquistaní ha duplicado su población a causa de la llegada masiva de desplazados.
“Todo el mundo presta atención y envía ayuda a los campos, pero en ellos sólo vive el diez por ciento de las víctimas. El resto permanece en escuelas, casas, establos y, si son cristianos, en la iglesia. Sobreviven gracias a la gran solidaridad ciudadana y a las ONG locales”, asegura el joven Obispo Peter Majeed.
Los responsables municipales calculan que un millón y medio de personas ha llegado a Mardán en las últimas semanas. Entre ellas se encuentra el pequeño grupo de apenas cuatrocientos cristianos que convive en la iglesia luterana de Sarhadi.
“Aquí no llega Naciones Unidas. Sólo la cooperación y ayuda del resto de diócesis del país”, lamenta el Obispo. Las familias se reparten por tiendas y el jardín de la iglesia no tiene acceso para más. “Lo que ocurre es que también han llegado algunos hindúes pidiendo acogida y a ellos les hemos acomodado en el interior del propio templo”.
Las familias se unen a la sombra de los pocos árboles, cuya sombra hace más llevaderos los cuarenta grados de media de esta semana. La comunidad cristiana, con una tradición de apenas cuatro generaciones, es la minoría menos importante de Pakistán, unos dos millones de personas, y más sensible a los posibles ataques de los extremistas islámicos. Su presencia en lugares como Swat preocupa especialmente a las autoridades eclesiásticas porque “son un objetivo claro” de los grupos insurgentes.
Iglesias y escuelas ocupadas
En la iglesia no entra una sola persona más, y lo mismo ocurre en la escuela pública más cercana, en la que más de mil personas se hacinan en las aulas que los alumnos han dejado libres por las vacaciones. Pasan los días a la espera de que las autoridades les den el visto bueno definitivo para volver.
El conformismo y resignación entre la minoría cristiana contrasta con el enfado y la ira entre la gran mayoría musulmana que al ver un occidental se abalanzan sobre él para mostrar su rechazo a la operación militar contra los talibanes, y posteriormente servirle un té que preparan en comunidad en el patio escolar. “No era necesario lanzar este ataque, así es imposible acabar con la insurgencia y lo saben muy bien. Lo están destrozando todo y cuando volvamos vamos a tener que empezar de cero. Sólo quieren quedar bien con los americanos, nada más”, se queja Atel Zeb, vecino de Mingora que ocupa una de las aulas con sus dos mujeres y quince hijos.
Como ocurre en la iglesia, aquí son los propios vecinos de Mardán quienes atienden a los suyos cumpliendo a rajatabla con el Pashtunwali, el código ético de la comunidad pastún, que tiene entre sus pilares el de la melmastia, la hospitalidad.
Uno de los terratenientes locales, Mohamed Ayub Khan, lidera esta movilización ciudadana y ha puesto a disposición de los recién llegados sus locales en la ciudad de forma gratuita. “No van a los campos porque allí no se puede vivir, ellos vienen de la montaña, de zonas frías, y el calor hace que las tiendas sean inhumanas. Pero nos empiezan a faltar medicinas y alimentos para poder atenderles como se merecen”, lamenta este empresario que considera insuficiente la ayuda total de 75.000 rupias (unos 625 euros al cambio) que el Gobierno concede a cada familia de afectados por una ofensiva que ha acabado con las casas, cosechas y el tejido económico en las zonas de combate.
Los mensajes de unidad que pide el Gobierno no llegan más allá de Islamabad. Las semanas avanzan y la gente sigue sin poder volver a sus pueblos porque los combates no cesan en Swat y se expanden a Waziristán. Pakistán está pagando un precio muy alto en su particular guerra contra el terrorismo y entre los desplazados más veteranos, que ya han vivido varias ofensivas como esta, todos comparten la misma opinión: “no servirá de nada”.
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